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n el corazón de Silicon Valley ha cobrado fuerza una práctica polémica: seleccionar genéticamente embriones para favorecer un mayor potencial intelectual. Familias con alto poder adquisitivo destinan hasta 50 mil dólares a servicios de startups como Nucleus Genomics y Herasight, que aplican puntuaciones poligénicas para estimar riesgos de enfermedades y posibles niveles de coeficiente intelectual en embriones concebidos por FIV.
¿Quiénes la impulsan y por qué?
Promotores del movimiento —entre ellos Tsvi Benson‑Tilsen (Berkeley Genomics Project)— sostienen que una generación con mayor capacidad cognitiva podría actuar como “escudo” ante riesgos existenciales, como un avance descontrolado de la IA. La apuesta: más mentes brillantes para afrontar desafíos globales.
Lo que sí dice la evidencia
Especialistas en genética compleja advierten que, hoy, las puntuaciones poligénicas apenas moverían el CI en 3–4 puntos y su utilidad clínica es limitada. Además, modificar la selección por un rasgo podría elevar involuntariamente otros riesgos (p. ej., autismo), como han señalado genetistas de centros académicos de referencia.
Riesgos éticos y sociales
Bioeticistas alertan sobre un regreso de lógicas eugenésicas: la creación de una élite genéticamente privilegiada, ampliación de brechas socioeconómicas y presión cultural hacia estándares “deseables” de inteligencia. Organismos y literatura científica recientes han subrayado que estas aplicaciones carecen de validación suficiente y requieren marcos regulatorios y de consentimiento mucho más robustos.
El dilema de fondo
Mientras el marketing promete “optimización” de futuras generaciones, la ciencia pide cautela y prudencia. La pregunta no es solo si podemos hacerlo, sino para qué y a qué costo para la salud pública, la equidad y los derechos de niñas y niños por nacer.
