Creo que una opinión un poco impopular es que una de las mejores películas de Studio Ghibli es Kiki: Entregas a domicilio.
A simple vista puede parecer solamente una película infantil sobre una pequeña bruja que vuela en una escoba junto a su gato. Pero cuando realmente le prestas atención, encuentras una historia que representa de una manera muy bonita, y a veces dolorosamente real, lo que significa crecer.
Kiki tiene que abandonar su hogar para encontrar su propósito y descubrirse a sí misma. Llega completamente sola a una ciudad desconocida, sin amigos y sin saber muy bien qué hacer con su nueva vida.
Y creo que muchos podemos identificarnos con esa sensación.
Es parecido a cuando comenzamos a independizarnos, dejamos de vivir con nuestros papás o simplemente llegamos a esa etapa en la que entendemos que poco a poco tenemos que hacernos responsables de nuestra propia vida.
Está el miedo y la ansiedad de no saber qué estamos haciendo, pero también la emoción de pensar en todo lo que la vida adulta podría traernos.
Poco a poco, Kiki encuentra personas que se convierten en su pequeña red de apoyo. Consigue un trabajo, adquiere responsabilidades y comienza a construir una vida propia.
Pero entonces ocurre algo que siempre me ha parecido muy significativo: aquello que la hacía especial comienza a convertirse en rutina.
Volar, algo que antes formaba parte de su identidad y de su magia, ahora también es su trabajo. Lo hace una y otra vez hasta que comienza a perder esa conexión con algo que antes disfrutaba.
Y después está Jiji.
Kiki deja de entender a su gato y, no voy a mentir, esa parte siempre me hace llorar.
Porque independientemente de las interpretaciones que podamos darle, para mí representa algo inevitable de crecer: por más emocionante que pueda ser descubrir la vida adulta, en el camino también dejamos atrás una parte de nuestra infancia.
Un día simplemente descubrimos que algunas cosas ya no se sienten como antes.
Y quizá eso es lo que hace que Kiki: Entregas a domicilio se sienta como un pequeño curita al corazón. La película no intenta decirnos que crecer es terrible ni que deberíamos quedarnos atrapados en nuestra infancia. Nos recuerda que podemos sentir miedo, cansarnos, perder temporalmente aquello que nos apasiona y no tener completamente claro quiénes somos.
Y aun así podemos seguir adelante.
Por eso creo que es una de las mejores películas de Studio Ghibli. Porque detrás de la magia, las escobas y un adorable gato negro, hay una historia profundamente humana sobre descubrir quién eres mientras inevitablemente dejas atrás algunas partes de quien fuiste.
Gracias, Hayao Miyazaki, por crear una obra que representa de una manera tan bonita algo que todos, tarde o temprano, tenemos que experimentar: crecer.

