¿Te has dado cuenta de que, conforme crecemos, muchas veces comenzamos a interesarnos nuevamente por las mismas cosas que nos gustaban cuando éramos pequeños?
Volvemos a ver nuestras películas favoritas, escuchamos canciones que llevábamos años sin reproducir e incluso comenzamos a coleccionar los mismos juguetes que alguna vez tuvimos.
Pero, ¿por qué?
Creo que parte de la respuesta está en algo que inevitablemente vamos perdiendo conforme crecemos: esa inocencia con la que veíamos el mundo cuando éramos niños.
Durante la infancia, muchas de nuestras preocupaciones eran distintas. Podíamos pasar horas jugando, viendo una película una y otra vez o emocionándonos por conseguir ese juguete que tanto queríamos.
No pensábamos demasiado en el futuro, las responsabilidades o todas esas cosas que poco a poco comienzan a ocupar nuestra mente cuando llegamos a la vida adulta.
Y quizá por eso, cuando crecemos, buscamos regresar a esos pequeños momentos que nos hacían sentir felices y seguros.
Hay algo muy especial en volver a ver una película que conoces de memoria. Sabes exactamente qué va a pasar, recuerdas los diálogos y, aun así, encuentras una sensación de tranquilidad al verla nuevamente.
Lo mismo sucede cuando volvemos a comprar un juguete que tuvimos de pequeños o retomamos una actividad que habíamos dejado atrás.
Tal vez no estamos buscando solamente ese objeto o esa experiencia, sino también reencontrarnos con la persona que éramos cuando formaba parte de nuestra vida.
Y creo que eso es algo muy bonito de la nostalgia.
Porque crecer también significa cambiar. Dejamos atrás rutinas, amistades, lugares y versiones de nosotros mismos que, aunque ya no existen de la misma manera, siguen formando parte de quienes somos.
Pero eso no significa que tengamos que despedirnos de todo lo que alguna vez nos hizo felices.
A veces parece que ser adultos implica dejar de disfrutar ciertas cosas porque supuestamente ya no tenemos edad para ellas. Como si hubiera un momento específico en el que debiéramos dejar de emocionarnos por una caricatura, un peluche o una colección de juguetes.
Y yo creo que no tiene por qué ser así.
Quizá volver a nuestros gustos de la infancia es una manera de recordarnos que, aunque hemos cambiado y tenemos nuevas responsabilidades, todavía existe dentro de nosotros una parte de aquel niño que encontraba felicidad en las cosas más sencillas.
Porque tal vez crecer no significa dejar atrás todo lo que fuimos, sino aprender a llevar esas versiones de nosotros a cada nueva etapa de nuestra vida.
Y si volver a ver una película, comprar un juguete o escuchar una canción nos permite sentirnos cerca de esa parte de nuestra historia, ¿por qué tendríamos que dejar de hacerlo?
Al final, quizá no regresamos a nuestros gustos de la infancia porque queramos volver a ser niños, sino porque hay partes de nosotros que nunca queremos perder.

