La reunión entre Vladimir Putin y Donald Trump en Alaska trae a la memoria uno de los episodios más curiosos de la historia diplomática: la venta del territorio por parte de Rusia a Estados Unidos en 1867.
En el siglo XVIII, exploradores rusos llegaron a Alaska buscando expandir sus dominios y explotar el comercio de pieles de nutria marina, muy valoradas en China.
La región se administró bajo la Compañía Ruso-Americana, que incluso extendió sus actividades hasta California. Sin embargo, con el paso del tiempo, las ganancias disminuyeron y las tensiones bélicas —incluida la guerra en Crimea— desgastaron las finanzas del Imperio ruso.
En marzo de 1867, el secretario de Estado estadounidense William H. Seward ofreció 5 millones de dólares por Alaska, pero finalmente se pactó la venta en 7.2 millones, equivalente a menos de dos centavos por acre. El tratado se firmó de madrugada en Washington y fue aprobado tanto por el Congreso estadounidense como por el zar Alejandro II.
Aunque en su momento la transacción parecía razonable para Rusia, con el tiempo se reveló el valor de los recursos naturales de Alaska: oro, petróleo, madera y pesca. El territorio se convirtió en el 49.º estado de EE. UU. en 1959 y hoy es visto como una adquisición estratégica.
En Rusia, la venta ha sido motivo de debate. Durante la era soviética se percibió como una pérdida vergonzosa, y en la actualidad, el discurso nacionalista ha avivado el deseo de “recuperar” Alaska, especialmente desde el deterioro de las relaciones con Estados Unidos tras la invasión de Ucrania en 2022.
