Podemos criticar los reality shows, decir que están llenos de drama, que todo es un espectáculo y que no entendemos por qué la gente pierde tanto tiempo viéndolos.
Pero seamos sinceros: a los mexicanos nos encanta el chisme.
Y si ese chisme incluye famosos, peleas, estrategias, romances, traiciones y la posibilidad de decidir quién se queda y quién se va, aparentemente tenemos la fórmula perfecta para mantenernos frente a una pantalla.
Porque los reality shows se han convertido en algo más que simples programas de televisión.
Son prácticamente un fenómeno social.
Y es que, aunque estos formatos llevan décadas existiendo, actualmente tienen algo que antes no estaba tan presente: las redes sociales.
Ya no necesitas sentarte durante horas frente a la televisión para saber qué está pasando. Basta con abrir TikTok, Instagram o X para encontrarte con algún clip de una discusión, una frase polémica o un meme que probablemente terminarás utilizando durante las próximas semanas.
Incluso hay personas que jamás han visto un capítulo completo, pero conocen perfectamente a los participantes, sus conflictos y hasta tienen un favorito.
Porque hoy el reality también se vive fuera de la pantalla.
Y ahí es donde comienza otra parte interesante: el sentido de pertenencia.
Programas como La Casa de los Famosos México han demostrado cómo una audiencia puede organizarse para apoyar a sus participantes favoritos, defenderlos en redes sociales y participar en votaciones para intentar mantenerlos dentro de la competencia.
De pronto, ya no solamente estás viendo a un grupo de personas convivir.
Estás eligiendo un equipo.
Y cuando alguien critica a tu favorito, pareciera que te está criticando a ti.
Las transmisiones disponibles las 24 horas también han cambiado la experiencia. Ahora podemos observar conversaciones, discusiones y momentos cotidianos que antes probablemente nunca habrían llegado a la televisión.
Esto genera una sensación de cercanía con los participantes, como si realmente los conociéramos.
Aunque, claro, no debemos olvidar que seguimos viendo una parte de sus vidas dentro de un formato diseñado para entretener.
Pero también existe una razón mucho más sencilla por la que consumimos estos programas: queremos distraernos.
Después de un día de trabajo, escuela o responsabilidades, hay quienes prefieren sentarse a ver una serie, escuchar música o leer un libro.
Y hay quienes simplemente quieren enterarse de por qué dos famosos terminaron peleándose por lavar los platos.
Y está bien.
No todo el entretenimiento tiene que ser profundo, educativo o dejarnos una enseñanza para que podamos disfrutarlo.
A veces solamente queremos desconectarnos de nuestros propios problemas para observar los de alguien más.
Además, las televisoras y plataformas de streaming entendieron perfectamente cómo aprovechar este fenómeno.
El programa ya no termina cuando se apaga la televisión. Continúa en transmisiones digitales, entrevistas, publicaciones, clips, memes y conversaciones que mantienen a los espectadores pendientes prácticamente todos los días.
Y mientras más hablamos de los participantes, más crece el interés por saber qué sucederá después.
Así que quizá el verdadero éxito de los reality shows en México no está únicamente en los famosos que participan, los premios o las polémicas.
Está en que lograron convertir al espectador en parte del espectáculo.
Porque ya no solamente vemos el drama.
Lo comentamos, lo compartimos, hacemos memes, defendemos a nuestros favoritos y hasta discutimos con desconocidos por personas que probablemente nunca conoceremos.
Y aunque muchos aseguren que jamás perderían su tiempo viendo un reality show…
Seguramente ya se enteraron de quién fue el ganador.

