¿Cuándo fue la última vez que hiciste algo simplemente porque te gustaba, sin pensar en si eras bueno haciéndolo o si podías obtener algo a cambio?
Creo que vivimos en una época en la que muchas veces confundimos nuestro valor como personas con qué tan productivos somos. Sentimos que siempre deberíamos estar haciendo algo útil, aprendiendo una nueva habilidad o buscando la manera de aprovechar nuestro tiempo. Incluso cuando descubrimos que somos buenos en algo, uno de los primeros consejos que recibimos suele ser: ¿y por qué no lo vendes?
Si te gusta pintar, podrías vender tus cuadros. Si disfrutas cocinar, podrías comenzar un negocio. Si eres bueno tomando fotografías, quizá deberías ofrecer sesiones. Y aunque no tiene nada de malo convertir una pasión en una fuente de ingresos, creo que también deberíamos permitirnos disfrutar de las cosas sin sentir la necesidad de monetizarlas. Porque a veces simplemente queremos hacer algo por el gusto de hacerlo, distraernos, aprender, equivocarnos o pasar unas horas disfrutando de una actividad que nos hace felices.
Cuando convertimos todo lo que nos gusta en una responsabilidad, corremos el riesgo de agregarle una presión que antes no existía. De pronto, aquello que hacíamos para descansar también puede convertirse en algo que tiene fechas de entrega, expectativas y resultados que cumplir. Pero creo que hay otra razón por la que tener hobbies es tan importante: nos permiten desarrollar pasiones y encontrar emoción en las pequeñas cosas de la vida.
Justamente hoy, mientras recorría la Feria Internacional del Libro de Monterrey, me di cuenta de algo que me pareció muy bonito. Podía ver cómo a las personas se les iluminaban los ojos cuando hablaban de sus libros favoritos. Algunas buscaban una historia en particular, otras compartían recomendaciones y muchas simplemente disfrutaban estar rodeadas de libros. Y entonces pensé en lo curioso que es que una misma actividad pueda significar cosas tan diferentes para cada persona.
Todos compartían algo: el gusto por la lectura. Pero cada quien lo vivía de una manera completamente distinta. Para algunos, leer puede ser una forma de escapar por un momento de la realidad. Para otros, una oportunidad de aprender, conocer nuevas perspectivas o encontrar historias con las que puedan identificarse. Y creo que ahí está una de las cosas más bonitas de tener un hobby: nos permite construir una parte de nuestra identidad que no necesariamente tiene que ver con nuestro trabajo, nuestros estudios o nuestras responsabilidades.
Nos recuerda que somos mucho más que aquello que producimos. Que podemos tener intereses simplemente porque nos hacen felices y que no necesitamos justificar cada minuto de nuestro tiempo con algún beneficio económico. Porque no todo tiene que convertirse en un negocio, ni todas nuestras habilidades tienen que generar dinero.
A veces basta con disfrutar el proceso, emocionarnos por aprender algo nuevo o encontrar personas con quienes compartir aquello que nos apasiona. Y quizá esa sea una de las razones más importantes para tener hobbies: recordarnos que nuestro tiempo también tiene valor cuando lo dedicamos simplemente a disfrutar de la vida.

