¿Cómo puede dolernos tanto la muerte de alguien que nunca conocimos?
Es una pregunta que probablemente muchos nos hemos hecho después de enterarnos del fallecimiento de algún cantante, actor o artista que admirábamos.
Porque, seamos sinceros, hay personas que nunca formaron parte de nuestra vida cotidiana, que jamás conocimos personalmente y con quienes probablemente nunca intercambiamos una sola palabra.
Y aun así, cuando nos enteramos de que fallecieron, sentimos una tristeza que a veces ni nosotros mismos sabemos explicar.
Pero ¿por qué sucede esto?
Quizá porque no necesitábamos conocerlos personalmente para sentir que, de alguna manera, nos acompañaron durante gran parte de nuestra vida.
Puede que nunca hayamos ido a uno de sus conciertos, que no tuviéramos todos sus discos o que ni siquiera nos consideráramos sus fans número uno.
Pero bastaba con que su música sonara en nuestra casa, que viéramos su programa después de la escuela o que interpretara a ese personaje que tanto queríamos.
Y sin darnos cuenta, esas personas comenzaron a formar parte de nuestros recuerdos.
Porque hay canciones que nos transportan inmediatamente a una etapa de nuestra vida.
Películas que nos recuerdan las tardes que pasábamos frente a la televisión.
Y personajes que, aunque eran ficticios, nos acompañaron durante años.
Por eso, cuando fallece alguien que estuvo presente en esos momentos, a veces sentimos que también estamos despidiéndonos de una pequeña parte de nuestra historia.
Y creo que eso es lo que hace tan particular este tipo de duelo.
Porque no solamente extrañamos a la persona.
También recordamos todo lo que representaba para nosotros.
Pensemos, por ejemplo, en aquellos artistas que crecieron junto con toda una generación.
Actores como Cameron Boyce, que formó parte de la infancia de muchas personas gracias a sus personajes en Disney Channel.
O Matthew Perry, cuyo personaje de Chandler Bing en Friends continúa acompañando a quienes vuelven a ver la serie una y otra vez.
También está Matthew Perry para quienes encontraron en su humor un momento de tranquilidad después de un día complicado, o Maggie Smith, a quien muchos recordamos como la profesora McGonagall en Harry Potter.
Y así podríamos mencionar muchísimos nombres más.
Porque cada generación tiene a esos artistas que marcaron su infancia, adolescencia o alguna etapa importante de su vida.
Personas que quizá nunca supieron de nuestra existencia, pero cuyo trabajo terminó significando muchísimo para nosotros.
Y entonces llega ese momento.
Abrimos las redes sociales, vemos una noticia y descubrimos que alguien a quien llevábamos años viendo en pantalla ya no está.
Al principio puede parecer difícil de creer.
Buscamos información, recordamos sus películas, volvemos a escuchar sus canciones y comenzamos a encontrarnos con fotografías o entrevistas de diferentes momentos de su carrera.
Y de pronto aparece una sensación extraña.
Como si alguien que siempre había estado ahí, aunque fuera a través de una pantalla, hubiera desaparecido.
Pero quizá una de las partes más difíciles de este duelo es intentar explicárselo a los demás.
Porque nunca falta quien diga:
“Pero si ni lo conocías”.
Y aunque esa frase puede parecer lógica para algunas personas, no significa que lo que sentimos sea menos real.
Porque el duelo no siempre está relacionado únicamente con la cercanía física que tuvimos con alguien.
También puede surgir por los recuerdos, las emociones y el significado que esa persona tuvo en nuestra vida.
En psicología se habla de vínculos parasociales para describir las conexiones emocionales que podemos desarrollar con figuras públicas a través de su trabajo y su presencia en los medios.
Son relaciones diferentes a las que construimos con familiares o amigos, pero eso no significa que las emociones asociadas a ellas sean inexistentes.
Y creo que es importante reconocerlo.
Porque no necesitamos haber conocido personalmente a alguien para recordar con cariño lo que nos hizo sentir.
Tampoco tenemos que demostrar que éramos sus mayores admiradores para permitirnos estar tristes por su partida.
A veces simplemente nos duele saber que ya no habrá nuevas canciones, películas, entrevistas o personajes interpretados por esa persona.
Y también puede dolernos pensar en todo aquello que todavía tenía por vivir.
Pero hay otra parte de este sentimiento que me parece especialmente interesante.
A veces no solamente estamos llorando la pérdida de un artista, también estamos recordando a la persona que éramos cuando lo conocimos a través de su trabajo.
Porque quizá esa canción nos recuerda nuestra adolescencia.
Esa película nos transporta a una tarde con nuestra familia.
O esa serie nos hace pensar en una época en la que nuestra única preocupación era llegar a casa para ver el siguiente capítulo.
Y cuando alguien relacionado con esos recuerdos fallece, también nos enfrentamos a una realidad que no siempre queremos aceptar.
Que el tiempo está pasando.
Que nosotros también estamos creciendo.
Y que algunas de las personas que formaron parte de nuestra infancia ya no estarán para acompañarnos en las siguientes etapas.
Por eso creo que no deberíamos minimizar este tipo de tristeza.
Cada persona vive el duelo de una manera diferente.
Algunos lloran, otros prefieren escuchar las canciones de ese artista, volver a ver sus películas o simplemente recordar los momentos en los que su trabajo los hizo felices.
Y todas esas pueden ser formas personales de procesar una pérdida.
Porque no existe una cantidad de canciones que debiste escuchar, películas que debiste ver o años que debiste admirar a alguien para que su fallecimiento te afecte.
Lo que sentiste mientras crecías con su trabajo fue real.
Los recuerdos que construiste también.
Y aunque esa persona nunca haya sabido quién eras, eso no cambia el significado que tuvo para ti.
En lo personal, creo que una de las cosas más bonitas del arte es precisamente esa capacidad de acompañarnos incluso sin conocer a quienes están detrás de él.
Un cantante puede formar parte de nuestros recuerdos familiares.
Un actor puede hacernos sentir comprendidos a través de un personaje.
Y una película puede convertirse en ese lugar al que regresamos cuando necesitamos sentirnos un poquito mejor.
Quizá por eso algunas despedidas duelen más de lo que imaginábamos.
Porque no estamos despidiendo solamente a una figura pública.
También estamos recordando todo lo que vivimos mientras esa persona formaba parte de nuestro mundo.
Y aunque su ausencia pueda sentirse extraña, siempre tendremos la posibilidad de regresar a sus canciones, películas y personajes.
No para fingir que nada cambió, sino para recordar lo que significaron para nosotros.
Porque hay personas que nunca conocimos, pero que estuvieron presentes en momentos que jamás olvidaremos.
Y quizá lo más difícil de despedir a alguien con quien crecimos es aceptar que una parte de nuestra infancia también se está convirtiendo en recuerdo.

