Destino turístico emblemático del «fin del mundo», la ciudad argentina de Ushuaia busca quitarse de encima la etiqueta de «origen» del brote de hantavirus en el crucero MV Hondius, que zarpó de allí el 1 de abril.
Con temperaturas que rondan los 3 o 4 grados bajo cero y un cielo plomizo, su puerto sobre el Canal de Beagle, brazo de mar helado que une el Pacífico con el Atlántico, exhibe la actividad mínima del invierno.
Se ven barcos pesqueros y algún que otro carguero, pero ninguno de los más de 500 cruceros que cada año traen a 150.000 visitantes a esta ciudad en la provincia de Tierra del Fuego. La temporada terminó hace un mes.
Los turistas que la visitan aprovechan las excursiones en catamarán a las islas cercanas. Nadie se muestra muy preocupado por lo ocurrido en el Hondius: «No parece que aquí se hubieran dado cuenta porque está todo normal, no pasa nada», dice a la AFP el turista colombiano Luis Cardona.
Cardona y su esposa usan tapabocas -por prevención y por frío, dicen- y tienen alcohol a mano, pero no están asustados: «Parece que está todo bien», ratifica Cardona.
«Vimos a algunas personas con tapabocas, pero muy pocas», cuenta a la AFP Silvina Galarza, una argentina que visitaba Ushuaia desde el norte del país.
Desde hace días, autoridades científicas, políticas y turísticas de la provincia reiteran que hay probabilidades «prácticamente nulas» de que el paciente cero del barco se haya infectado en esta ciudad durante su estadía de 48 horas antes de embarcar.
