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El arte más lento del cine es el que más nos emociona

Crónicas
Britney Ibarra — Redacción 6W News · · ⏱ 4 min de lectura

¿Cómo haces que algo que está completamente quieto cobre vida?

Parece una pregunta sencilla, pero la respuesta puede involucrar cientos de fotografías, miles de movimientos diminutos y años de trabajo.

Y eso es precisamente lo que hace tan especial al stop motion.

Una técnica de animación que, aunque lleva más de un siglo formando parte de la historia del cine, sigue sorprendiéndonos por la manera en que consigue transformar objetos reales en personajes capaces de hacernos reír, llorar y enamorarnos de sus historias.

Porque detrás de cada movimiento hay algo que probablemente no imaginamos cuando estamos viendo una película: una enorme cantidad de paciencia.

El stop motion funciona fotografiando objetos físicos que se modifican ligeramente entre una toma y otra. Cuando esas imágenes se reproducen de manera consecutiva, nuestro cerebro percibe la ilusión de movimiento.

Y aquí viene lo impresionante.

Una película puede reproducirse a 24 cuadros por segundo. Eso significa que un solo minuto contiene 1,440 cuadros, aunque no necesariamente requiere 1,440 fotografías diferentes, ya que algunas producciones utilizan una misma imagen durante más de un cuadro.

Ahora imagina tener que mover cuidadosamente a un personaje, acomodar sus brazos, cambiar su expresión, tomar una fotografía y repetir el proceso una y otra vez.

Todo para conseguir apenas unos segundos de animación.

Y si algo sale mal, probablemente tengas que repetir parte del trabajo.

Pero lo interesante es que el stop motion no se limita a mover muñecos.

Existen diferentes variantes de esta técnica.

Por ejemplo, el claymation, que utiliza figuras de plastilina o materiales moldeables que se modifican constantemente para crear movimientos y expresiones.

También está el cut-out, donde los personajes se construyen utilizando recortes planos de papel, cartón, tela u otros materiales que se desplazan entre fotografías.

Y aunque los materiales cambian, el principio sigue siendo el mismo: darle vida a algo que originalmente no puede moverse por sí solo.

Pero lo que más me impresiona es todo lo que ocurre detrás de las cámaras.

Porque no solamente hablamos de animadores moviendo personajes.

También existen artistas que diseñan y construyen escenarios, fabrican vestuarios diminutos, crean expresiones faciales, trabajan la iluminación y cuidan hasta el más pequeño detalle para que todo funcione dentro de ese universo.

Un ejemplo de esta dedicación es Isla de perros, de Wes Anderson.

La película destaca por sus escenarios minuciosamente construidos y por secuencias tan elaboradas como la preparación de sushi, donde cada movimiento de los ingredientes, utensilios y personajes tuvo que planearse cuidadosamente.

Y pensar que una escena que nosotros vemos en cuestión de segundos puede requerir semanas o meses de preparación y animación.

Otro ejemplo es Wildwood, el ambicioso proyecto de animación del estudio LAIKA.

Su producción ha involucrado años de desarrollo y el trabajo de numerosos artistas especializados en diferentes áreas, desde la construcción de personajes y escenarios hasta la fabricación de expresiones faciales intercambiables.

Porque sí, en algunas películas de stop motion, los personajes tienen cientos o incluso miles de piezas diferentes para conseguir que una expresión cambie ligeramente.

Una sonrisa, una mirada de tristeza o un gesto de sorpresa pueden requerir una enorme cantidad de trabajo.

Y nosotros simplemente lo vemos suceder.

Como si fuera lo más natural del mundo.

Pero quizá eso es lo que más me gusta de esta técnica.

Vivimos en una época en la que la tecnología permite crear mundos digitales extraordinarios y producir imágenes que hace algunos años parecían imposibles.

Y aun así, existen artistas que continúan apostando por construir físicamente los universos que vemos en pantalla.

Personas que dedican meses a fabricar personajes, escenarios y objetos que quizá aparecerán durante unos cuantos segundos.

Y aunque el resultado puede parecer sencillo, detrás existe una combinación impresionante de creatividad, precisión y paciencia.

Porque el stop motion no solamente consiste en mover objetos.

Consiste en conseguir que olvidemos que son objetos.

Que un muñeco pueda transmitir tristeza, que una figura de plastilina nos haga reír o que un escenario construido a mano termine pareciéndonos un mundo completamente real.

Y eso, personalmente, me parece increíble.

Creo que es una de las formas de hacer cine que más reconocimiento merecen, no solamente por el tiempo que requiere, sino por la cantidad de artistas que participan para conseguir que cada escena funcione.

Porque detrás de una película de stop motion no hay solamente una buena historia.

Hay cientos de manos que ayudaron a construirla.

Y quizá nunca sepamos cuántas horas tomó animar nuestra escena favorita, cuántas veces tuvieron que repetir un movimiento o cuántas piezas necesitaron fabricar para conseguir una expresión.

Pero cuando vemos el resultado, entendemos que todo ese esfuerzo tenía un propósito.

Porque el verdadero arte del stop motion no está solamente en hacer que los objetos se muevan, sino en conseguir que algo hecho a mano termine moviéndonos a nosotros.

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