Hay sabores que dejamos de buscar cuando crecemos, pero que nunca terminamos de olvidar.
Puede ser una galleta, unas papas, un refresco o ese producto que durante años estuvo en el refrigerador de nuestra casa. Basta con volver a verlo para que, por un momento, dejemos de estar en el presente y regresemos al recreo de la escuela, a las tardes frente a la televisión o a esos pequeños momentos que, sin saberlo, terminarían formando parte de nuestros recuerdos de infancia.
Tal vez hoy ya no sea nuestro sabor favorito. Incluso puede que, después de tantos años, ya ni siquiera nos guste. Pero eso parece importar poco. A veces no extrañamos el sabor: extrañamos el momento al que ese sabor nos lleva.
Para mí, ese producto es el Danonino.
Lo veo y recuerdo una época en la que quería comerlo todos los días. Recuerdo llegar de la escuela, dejar mis cosas e ir directamente al congelador por uno, porque para mí había una regla que no estaba escrita en ningún lado: congelados sabían mejor.
Era algo completamente cotidiano. En ese momento no había nada extraordinario en abrir el congelador y encontrar uno. Era simplemente parte de mi día.
Ahora entiendo que justamente ahí estaba lo especial.
Los sabores que compartimos
Y probablemente esta sensación no sea únicamente mía.
Para muchos mexicanos, ciertos productos quedaron ligados a una época muy específica de nuestras vidas. Crecimos viendo comerciales en televisión que conseguían que quisiéramos probar una nueva golosina, un cereal, unas galletas o algún producto que después todos llevaban a la escuela.
También estaba aquello que se ponía de moda entre los compañeros. De pronto todos querían las mismas papas, el mismo dulce o aquello que alguien había llevado de lunch y que al día siguiente aparecía en varias mochilas.
Sin darnos cuenta, las marcas y sus productos terminaron entrando en nuestros recuerdos.
Pero con el tiempo algo cambia.
Dejamos de pedirlos. Encontramos otros sabores. Crecemos, cambian nuestras rutinas y algunos de esos productos simplemente desaparecen de nuestra vida cotidiana.
Hasta que un día los volvemos a encontrar.
Cuando el sabor ya no es el mismo
Quizá una de las partes más extrañas de regresar a esos productos después de muchos años es descubrir que ya no saben como los recordábamos.
¿Cambió el producto o cambiamos nosotros?
Puede ser que nuestra memoria haya idealizado aquel sabor o simplemente que ahora tengamos otros gustos. Pero incluso cuando probamos algo y pensamos “no sabe igual”, el recuerdo permanece intacto.
Eso es lo que me pasa con Danonino.
Tal vez hoy ya no me sabe como cuando era pequeña. Tal vez ya no tendría esas ganas de comer uno todos los días ni saldría corriendo hacia el congelador después de llegar de la escuela.
Pero verlo todavía me lleva hasta ahí.
A una tarde cualquiera después de clases. A la televisión encendida. Al congelador. A esa emoción sencilla de encontrar algo que me gustaba esperando por mí.
Y quizá por eso algunos sabores nunca desaparecen completamente de nuestra vida.
Porque dejamos de consumirlos, dejamos de buscarlos y hasta dejamos de disfrutarlos de la misma manera, pero permanecen unidos a una versión de nosotros que ya no existe.
Al final, puede que no extrañemos realmente ese Danonino, esas galletas o aquellas papas que comíamos de niños.
Tal vez lo que extrañamos es quiénes éramos cuando los comíamos.

