Antes de los likes, los reels y las historias de Instagram, un simple zumbido o un estado de Messenger eran suficientes para llamar la atención de alguien.
Y si viviste esa época, probablemente sabes perfectamente de lo que estoy hablando.
Porque hubo un tiempo en el que conectarse a internet era toda una experiencia. Llegabas de la escuela, encendías la computadora o ibas al cibercafé más cercano para entrar a Messenger y descubrir quién estaba conectado.
Y, obviamente, esperabas encontrar a cierta persona.
Porque seamos sinceros, muchas veces no entrábamos para hablar con todos nuestros contactos.
Entrábamos para ver si estaba conectado nuestro crush.
Y ahí comenzaba toda una estrategia.
¿No te contestaba? Le mandabas un zumbido.
¿Querías llamar su atención? Un guiño animado.
¿Querías decirle algo, pero no te atrevías a escribirlo directamente? Cambiabas tu estado por una frase que, casualmente, parecía estar dedicada a alguien.
Porque antes las indirectas no necesitaban una historia de Instagram con una canción de fondo.
Bastaba con escribir algo en Messenger y esperar que la persona correcta lo leyera.
Y ni hablar de los famosos zumbidos.
Esa función que hacía vibrar la ventana de conversación y que utilizábamos cuando alguien tardaba demasiado en responder.
Aunque, admitámoslo, también había quienes mandaban uno tras otro solamente para molestar.
Pero una de las cosas más divertidas eran los guiños animados.
Porque imagínate estar en un cibercafé, rodeada de personas, y que de pronto alguien te enviara un beso gigante que aparecía en toda la pantalla.
La pena que te daba.
Y peor todavía si estabas hablando con alguien que te gustaba, porque sentías que todo el mundo podía darse cuenta.
Pero Messenger no era el único lugar donde intentábamos llamar la atención.
Después llegaron los famosos toques de Facebook.
Una función bastante sencilla que, curiosamente, podía significar muchas cosas.
Podía ser un saludo, una manera de decir “aquí estoy”, una broma entre amigos o, por supuesto, una excusa para comenzar a hablar con tu crush.
Porque a veces no sabías cómo iniciar una conversación, pero mandar un toque parecía mucho más fácil que escribir un simple “hola”.
Y si esa persona te devolvía el toque…
Bueno, probablemente ya tenías una razón para emocionarte.
Lo interesante es que todas estas interacciones formaron parte de una época en la que nuestra manera de relacionarnos a través de internet era muy diferente.
No estábamos tan pendientes de cuántas personas habían visto nuestras publicaciones, cuántos likes recibíamos o si un video se había vuelto viral.
Claro que también nos importaba llamar la atención y recibir respuestas, pero muchas veces nuestro objetivo era mucho más sencillo.
Queríamos que una persona en particular nos notara.
Y eso podía ser suficiente para alegrarnos el día.
Un zumbido, un toque, una frase en el estado o una canción que parecía tener una dedicatoria escondida podían convertirse en toda una historia.
Porque antes de que existieran tantas formas de reaccionar a una publicación, ya encontrábamos maneras bastante creativas de demostrar interés sin decirlo directamente.
Y quizá por eso recordamos esa época con tanto cariño.
Hoy las redes sociales nos permiten comunicarnos con personas de prácticamente cualquier parte del mundo, compartir momentos al instante y mantenernos conectados durante todo el día.
Pero también vivimos rodeados de números.
Seguidores, visualizaciones, reproducciones, comentarios y likes que, aunque no deberían definir nuestras experiencias, muchas veces terminan influyendo en cómo utilizamos las plataformas.
Y eso me hace extrañar un poquito aquella etapa.
Cuando entrar a internet no necesariamente significaba publicar algo para que cientos de personas lo vieran.
A veces solamente queríamos platicar con nuestros amigos, compartir una canción o encontrar una excusa para hablar con alguien especial.
Porque sí, quizá ahora tenemos más herramientas para comunicarnos, pero eso no significa que todas las interacciones se sientan igual.
Y aunque probablemente ya no regresaríamos a esperar varios minutos para que una computadora encendiera o a pagar por una hora de internet en un cibercafé, hay pequeños detalles que seguramente muchos extrañamos.
Como esa emoción de ver que alguien acababa de conectarse.
O la vergüenza de recibir un beso animado frente a todos.
O ese pequeño momento de felicidad cuando tu crush finalmente te devolvía un toque.
Porque antes no necesitábamos que miles de personas reaccionaran a nuestras publicaciones.
A veces bastaba con que una sola persona nos mandara un zumbido.
Y pensar que éramos felices y no lo sabíamos.

