¿Te has dado cuenta de que cuando estamos tristes muchas veces buscamos música triste, pero cuando estamos felices queremos escuchar canciones que nos hagan brincar, cantar y bailar?
Podría parecer contradictorio. Si estamos tristes, ¿por qué escuchar algo que nos haga sentir todavía más esa emoción? Creo que la respuesta está en algo muy humano: nos gusta sentirnos acompañados.
Nos gusta encontrar una canción que parece entender exactamente lo que estamos viviendo. Escuchar a alguien cantar sobre una emoción que también sentimos puede hacernos pensar, aunque sea por unos minutos, que alguien más entiende lo que está pasando dentro de nosotros.
Y quizá por eso nuestro gusto musical termina siendo algo tan personal.
Si lo pensamos, difícilmente encontraremos a otra persona cuyo gusto musical sea exactamente igual al nuestro. Podemos compartir artistas, canciones o géneros, pero cada uno va recolectando música a lo largo de los años y de sus propias experiencias.
Hay canciones que nos recuerdan personas. Otras nos transportan a una etapa específica de nuestra vida. Algunas nos acompañaron cuando estábamos completamente felices y otras estuvieron ahí en momentos en los que quizá no queríamos escuchar a nadie más.
Sin darnos cuenta, vamos creando nuestra propia banda sonora.
Por eso me parece tan importante desarrollar ese gusto musical tan particular que cada persona tiene. No se trata solamente de qué género escuchas o cuál es tu artista favorito, sino de todo lo que has vivido mientras esas canciones estaban sonando.
Creo que la música, como todas las formas de arte, refleja tanto la sensibilidad de quien la crea como la de quien la recibe. Una persona transforma lo que siente en una canción y, después, alguien que probablemente nunca conocerá puede escucharla y encontrar en ella una emoción propia.
Y creo que ahí está una de las cosas más bonitas del arte, pero también de la humanidad: sentir algo profundamente personal y descubrir que, de alguna manera, alguien más también lo ha sentido.

