Creo que es muy común escuchar comentarios como: “no me gustan los gatos”, “los gatos no quieren a nadie” o “solo se acercan cuando quieren comida”.
Y, a mi parecer, hemos sido bastante injustos con ellos.
Los gatos son seres mucho más parecidos a nosotros de lo que pensamos. No necesariamente entregan su confianza inmediatamente. Necesitan tiempo, espacio y, sobre todo, construir un vínculo poco a poco.
Quizá ahí comienza parte de su mala fama.
Estamos acostumbrados a comparar su comportamiento con el de los perros, animales que suelen demostrar su emoción y afecto de una manera mucho más evidente. Pero que un gato no corra hacia ti moviendo la cola cada vez que llegas a casa no significa que no pueda desarrollar un vínculo profundo contigo.
De hecho, la ciencia ha encontrado evidencia de ello.
Un estudio realizado por investigadores de Oregon State University analizó el vínculo que desarrollan los gatos con sus cuidadores mediante una prueba similar a las utilizadas para estudiar el apego entre bebés y sus padres.
El experimento era sencillo: el gato permanecía durante dos minutos en una habitación desconocida junto a su cuidador. Después, la persona salía durante otros dos minutos y finalmente regresaba.
¿Qué ocurrió?
Muchos de los gatos mostraban estrés cuando su persona se iba, pero al verla regresar lograban tranquilizarse y volvían a explorar el lugar. Entre los 70 gatitos cuyo comportamiento pudo ser clasificado, el 64.3% mostró un apego seguro hacia su cuidador.
Y hay algo todavía más interesante: el porcentaje es muy parecido al observado en estudios sobre bebés humanos, donde alrededor del 65% presenta un apego seguro.
Entonces, quizá el problema nunca fue que los gatos no sintieran afecto.
Quizá simplemente esperábamos que nos quisieran de la misma manera que un perro.
Un gato tiene su propia forma de acercarse, confiar y demostrar que se siente seguro contigo. Y tal vez precisamente por eso ganarse su confianza puede sentirse tan especial: porque es una relación que se construye respetando sus tiempos y aprendiendo a entender su lenguaje.
Así que la próxima vez que escuchemos que “los gatos no quieren a nadie”, quizá deberíamos preguntarnos si realmente son ellos quienes no saben demostrar cariño o si somos nosotros quienes no hemos aprendido a reconocer la manera en la que lo hacen.
Porque, a veces, detrás de ese gato que parece distante, simplemente hay un animal esperando que le demos la oportunidad y el tiempo necesarios para confiar en nosotros.

