¿Se acuerdan cuando éramos niños y teníamos esos stickers tan bonitos que nos daba miedo utilizarlos? Los guardábamos en una libreta, una cajita o entre las páginas de algún cuaderno, esperando encontrar el momento perfecto para pegarlos en algún lugar especial. Pero muchas veces ese momento nunca llegaba y, al final, terminábamos perdiéndolos sin haberlos utilizado.
Últimamente me he quedado pensando en lo curioso que es que ahora parece que queremos hacer exactamente lo contrario. Al menos entre quienes pertenecemos a la generación Z, es muy común ver computadoras, termos, celulares, libretas y prácticamente cualquier objeto personal lleno de stickers. Y creo que, de alguna manera, tiene mucho que ver con esa pequeña experiencia que compartimos durante nuestra infancia.
Antes queríamos conservar las cosas bonitas para una ocasión especial. Nos daba miedo gastarlas, arruinarlas o arrepentirnos de haberlas utilizado. Pero ahora parece que encontramos más satisfacción en disfrutarlas que en guardarlas esperando un momento que quizá nunca llegue.
Y creo que hay algo todavía más interesante detrás de esta costumbre: nuestra necesidad de expresar quiénes somos a través de las pequeñas cosas que nos rodean. Porque cuando le ponemos stickers a una computadora o a un termo, no solamente estamos decorando un objeto. Estamos contando un poquito de nuestra historia, nuestros gustos y nuestra personalidad.
Puede ser una referencia a nuestra película favorita, un personaje que nos acompañó durante la infancia, una frase con la que nos identificamos o simplemente un dibujo que nos pareció bonito. Y aunque para alguien más parezcan decoraciones sin importancia, para nosotros pueden tener un significado completamente diferente.
Me parece muy bonito cómo algo tan sencillo puede convertir un objeto común en algo que sentimos verdaderamente nuestro. Dos personas pueden tener exactamente la misma computadora, pero basta con agregar algunos stickers para que cada una refleje una personalidad distinta. Es una forma pequeña, pero muy especial, de llevar nuestros intereses y recuerdos a todas partes.
Y quizá también tiene algo que ver con crecer. Conforme pasan los años, comenzamos a entender que no todas las cosas tienen que conservarse intactas para seguir siendo valiosas. A veces lo bonito está precisamente en utilizarlas, disfrutarlas y permitir que formen parte de nuestra vida cotidiana.
Tal vez por eso ahora me gusta pensar que cada sticker que pegamos es una pequeña victoria sobre esa versión de nosotros que guardaba todo para después. Porque, aunque parezca algo insignificante, también puede recordarnos que no necesitamos esperar una ocasión perfecta para disfrutar de las cosas que nos hacen felices.
Al final, quizá no se trata solamente de una tendencia de personalización o de una característica de nuestra generación. Tal vez simplemente estamos aprendiendo a darle más valor a las cosas que disfrutamos hoy, en lugar de guardarlas para un futuro que no sabemos cómo será.
Porque es mucho más bonito tener una computadora llena de stickers que cuentan quién eres, que una colección de stickers perfectos que nunca te atreviste a utilizar.

